Madres e Hijas

Madres e hijas es una antología de relatos escrita por autoras españolas contemporáneas, sobre las relaciones entre madres e hijas desde diferentes perspectivas.

 

Y es que la relación entre una madre y una hija suele estar mediada por una serie de exigencias mutuas que tienen que ver con el perfeccionismo, la hiperresponsabilidad y los estereotipos acerca de cómo tiene que ser las mujeres y cómo tienen que ser los hombres. 

 

¿Con cuántos estereotipos y exigencias presionamos a nuestras madres?

Este es un extracto de uno de esos cuentos. se titula Mi madre en la ventana y está escrita por la escritora y poeta Luisa Castro

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Y enseguida noté un mareo. Al recobrar la vista, des­pués de un instante de ceguera, vi demasiadas cosas a la vez: Esther seguía con los pies clavados en el suelo y ahora comía trocitos de chocolate en vez de pan. Mi madre observaba la escena desde la ventana, como un tercero. Y en la ventana de la casa de Laura vi a la madre de ésta moviendo los brazos y agitándose, muy excitada y sin peinar, como si algo horrendo la hubiera despertado y hubiera acudido desde el fondo de la cama donde, según los vecinos, se pasaba el día sin que nada la arrancara de allí. Ya me di cuenta de que algo irreparable había ocurri­do, algo bastante grave para que aquella mujer que nunca se dejaba ver apareciera de pronto escandalizando como una explosión. Gritaba con todas sus fuerzas, me insul­taba.


— ¡Te deshago, como te coja te deshago! —oí—... Y tú, Laura, sube, no te acerques a ese animal.


El animal era yo, y me aferré al muro como un gato. Laura estaba tirada en el suelo. Al parecer yo misma la había derribado, pero me resultaba todo un poco exagera­do. Sólo sangraba por una rodilla, pero lloraba desconso­ladamente. Su madre, desde la ventana, se desgañitaba en amenazas y yo me moría de rabia y de vergüenza mientras Esther desaparecía torpemente entre el laberinto de los garajes. Tres o cuatro cabezas se asomaron a las ventanas, llamadas por el escándalo. Aunque por un momento me sentí amenazada, porque la madre de Laura estaba de verdad excitada y fuera de sí como nunca había visto a nadie en mi vida, me tranquilizó pensar que no se atreve­ría a bajar y pegarme ante toda aquella gente. Mi madre, por su parte, se mantenía detrás del cristal, sin descorrer la ventana, un poco retirada de medio cuerpo hacia den­tro, sin intervenir. Laura, ensoberbecida por la sangre y la razón, se fue a su casa como un león herido, con el desprecio y la grandeza de los héroes, repitiendo aquello que todavía me resuena en los oídos.

 

 


—No es tuyo, el muro no es tuyo.


Permanecí allí subida más tiempo del normal, creo, esperando no sé qué muestra de apoyo por parte de alguien, de mi madre quizás. Pero ella se retiró de la ventana, el refuerzo nunca llegó y allí me quedé sola.

  

Cuando subí a casa, llorando, se lo reproché.


—Deberías haberme defendido. Esa bruja no tiene nin­gún derecho a gritarme, yo soy una niña. Y tú ahí, sin mo­verte.


Creo que me puse un poco dramática por aquel pri­mer abandono, al que luego siguieron otros que fui enca­jando mejor, porque siempre tenían las mismas caracte­rísticas: yo iba metiéndome sin querer en algún lío de esos que no te dejan dormir y cuando acudía a mi madre para encontrar justificación o consuelo hallaba una mu­jer extraña que se lavaba las manos y que me dejaba perpleja con su imparcialidad.


—Ya ves —era como si me dijera ella—, apáñatelas.


No era indiferencia lo que me demostraba mi madre ni lo que apreciaba yo, sino algo que fue teniendo para mí un significado muy hondo y un poco estremecedor, como si aquellos abandonos de mi madre fueran nuestra verda­dera complicidad, y, a la vez, la condición de mi heroici­dad y de su grandeza.


Dejarse tentar por el demonio es un modo de llamar a Dios, el más piadoso, quizás. Yo sé que en cada maldad o en cada situación de riesgo siempre perseguida y provo­cada ando buscando la clemencia de mi madre, su apoyo incondicional, ese apoyo que sé que nunca llegará, lo que me permite despreciar profundamente a las «mamás» que justificarían la más grave abyección de sus hijos, con el desprecio hacia aquello que nunca le pertenecerá a uno, como el muro de cemento que rodeaba nuestro garaje. Yo puedo pasearme sobre esas cosas, usarlas de puente a lugares secretos e inventados, pero cualquier intento de poseerlas es el camino más recto hacia el desprecio y el ridículo. Lo mismo me ha pasado una y otra vez cuando he querido ver en mi madre a otra madre, por esta absur­da tendencia que ya es vicio de ponerse en el pellejo de los otros, en el de Esther Alonso, en el de Laura Casín.

 

—Hasta esa señora que se pasa el día en la cama sabe defender a su hija. ¿No lo ves?


Pero mi madre no veía nada, sólo me miraba con pena y con estupefacción.


—No está bien empujar a nadie —me dijo sin alzar la voz.


— ¡Tú no me vas a buscar al colegio! —repliqué.


La lista de reproches y de agravios fue larga. Recuerdo que terminé extenuada, prometiendo por mi parte que nunca más pegaría a nadie y haciéndole asegurar a mi madre que al día siguiente saldría un poco antes del trabajo y estaría esperándome en la puerta de clase. Pero la costumbre, sobre todo para un niño, es toda su liber­tad, y a la mañana siguiente me pasé las cuatro horas de clase en un puro nervio esperando no encontrar a mi madre a la salida y deseando que los acontecimientos del día anterior y todo lo hablado durante aquella noche no cambiara nada entre nosotras. ¡Y, al sonar la campana, le agradecí tanto no verla entre aquellas cabezas de mamás olfativas! Pude correr como cada día sola a mi casa, entretenerme a mi antojo en los escaparates, subir al trote las escaleras y, sobre todo —lo que me hacía sentir tan bien—, abrir la puerta de casa yo misma con mi propia llave, un derecho y una responsabilidad que todavía no habían adquirido ninguna de mis amigas.

Al meter la llave en la cerradura enseguida noté que alguien abría por dentro.


—No fui a buscarte. Así comemos antes.


Mi madre había salido un poco antes del trabajo y sonreía frente a mí.

 

Nunca le agradecí tanto su abandono. Y todavía puedo decir que estos descubrimientos que he ido haciendo de mi madre, este modo suyo de tomarme en serio y hasta de entregarme a la policía si hace falta, pero sin venderme por un regalo o un cariño, sigue resultándome estremece­dor en el recuerdo y es como la máxima prueba de grandeza y de sentido de la verdad que ella tiene y del que yo carezco. Así como recuerdo varias escenas de tierno encubrimiento por parte de mi padre, de mi madre no recuerdo ni una sola concesión en lo que se refiere a «problemas reales o imaginarios con la justicia». Al con­trario, estoy segura de que su equilibrada y fría mirada sobre los hechos le impide ni siquiera sentir el más míni­mo remordimiento por no acudir en mi ayuda cada vez que me precipito hacia algún pozo.

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El libro No culpes a mamá, profundiza en la relación madre e hija y nos propone algunas reflexiones para que nos planteemos nuestras propias creencias. Éste es un ejemplo de alguna de esas reflexiones:
  • ¿Se mide el éxito o el fracaso de una madre por cómo resulta su hija, en lugar de por sus esfuerzos o por las fuerzas que intervienen en esos esfuerzos?
  • ¿Debe culparse a una hija por la incapacidad de su madre de satisfacer todas sus necesidades?
  • ¿Las madres (o las hijas) son capaces de darse de un modo inagotable? ¿y es correcto esperar esto de alguien?
  • ¿Alguna mujer es capaz de hacer de un modo natural e instintivo todo lo necesario para convertirse en una madre perfecta? ¿y es justo esperar esto de nuestras madres y de nosotras mismas?
  • ¿Es el enfado de las mujeres sano en ocasiones, o debemos esperar que las madres (y las hijas) siempre repriman su enfado?
  • ¿Es posible que los factores que impiden el desarrollo de una hija son pasados por alto cuando se culpa a una madre?

 

Jesús Mendieta e Irene Mollá


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